636 COSAS SOBRE LAS QUE ESCRIBIR

Dale Marrón

Si hay algo que disfruto hacer es ir a la cancha. Si es domingo mejor. No voy a alardear que me gusta el fútbol desde la cuna, la verdad es que mi fanatismo es bastante reciente pero no por eso menos leal. Soy de Platense. Me hice de Platense por amor y después me enamoré del club. Disfruto ese “no sé qué” de llegar a la cancha, de buscar nuestro lugar entre la gente, las canciones y la pasión. No voy a alardear tampoco que soy una chica, ya todos sabemos que el fútbol no es solo cosa de hombres y lo que me pasó en uno de los partidos, tampoco.

Platense – Olimpo fecha once. Fuimos a la cancha como siempre, digo siempre porque desde que soy hincha de Platense no falte una sola vez. Me voy a llevar el mérito, me hice hincha de un equipo, alenté toda la temporada y lo vi ascender. Pero no vine a hablar del ascenso de Platense aunque quisiera, sino que les voy a contar lo que pasó en la fecha once. Fue la primera vez que desee no haber estado ahí. Llegamos a la cancha y sentí un calor sofocante, esos días en los que está nublado pero se puede sentir el calor del sol. Como dato anecdótico, soy una persona que sufre mucho el calor, sobre todo cuando es sofocante como el de aquel día, pero ¿quién no sufrió calor en la cancha? ¿frío? ¿lluvia? El clima nunca es una excusa. Empezó el partido, perdíamos por un gol en el primer minuto. Al calor se sumó el mal humor de tan horrible comienzo.

A los veinticinco minutos gritamos el primer gol que nos daría el empate, el mal humor pasó y el calor seguía. A los treinta minutos sentí la presión por el piso y me tuve que sentar. Voy a la popular, así que si estaba sentada no iba a poder ver nada en el campo de juego. Faltaban quince minutos para el final del primer tiempo y mi piel estaba blanca como un papel y mi panza con unos retorcijones que pedían a gritos un baño. ¿Justo ahora? Pensé. No podía ser, seguro era un bajón de presión, culpa del calor y nada más. No quise adelantarme a los hechos que ya suponía. Me conformé con ir a comprar algo de tomar en el entretiempo y ver si podía levantar un poco el azúcar, pero eso no era lo que le pasaba a mi cuerpo. Empecé a transpirar, creo que por los nervios de necesitar un baño con tanta urgencia. No es que no hubiese baño, pero mujer qué me estás leyendo sabes que no es lo mismo. No quiero generalizar, a los hombres tampoco les parece el mejor lugar pero digamos que tienen cierta tendencia a darle menos importancia a esas cosas. Se hace donde se puede. Para mí, era todo un drama.

Después de tomar algo y tratar por todos los medios de convencerme de que me sentía mejor me fui a mojar la cara al baño. Si, ese baño del que estaba hablando. No puedo negar que la idea de mojarme la cara fue solo una excusa. Esa excursión al baño fue una misión de reconocimiento. Un primer acercamiento a ese lugar al que, si la cosa seguía como estaba tendría que acudir. Los resultados no me dejaron ni un poco más tranquila. Me fije en que condiciones se encontraba y si tenía los suministros necesarios en caso de que suceda la desgracia. No. Nada, no había nada. Desierto como si nadie lo hubiese usado en años. Señores del club, por favor, entiendo que las mujeres no tenemos un lugar privilegiado en el fútbol pero que les cuesta poner papel en los baños? Decidí aguantar. Era una sabia decisión. Pensé que sólo quedaban cuarenta y cinco minutos, una hora y media en total hasta llegar a casa. No parecía descabellado intentar esperar, pensar en otra cosa. De todas formas, precavida desde siempre, tuve que pensar un plan b en el caso de que la espera no fuera suficiente.

Las opciones no eran muchas. Irme, cruzar la General Paz, llegar al shopping y disfrutar de un baño en mejores condiciones, la descarte por el solo hecho de tener que irme sola por el puente, estaba oscureciendo y me pareció muy arriesgado. Siguiente opción, salir de la cancha al bar de al lado, donde se encuentra la agencia de apuestas, descartada también por suponer que el baño no sería mejor y debía pasar la vergüenza de salir y entrar de la cancha y tener que dar tal vez, alguna explicación. Pensé también solicitar ayuda de la ambulancia que siempre está en la puerta del estadio por si sucede algún hecho desafortunado, negué con la cabeza, me pareció muy extremista, innecesario y pasible de burlas por parte de los médicos. Aguantar. Listo. Esa es la opción seleccionada. Cinco minutos  del segundo tiempo, me sentaba a cada rato para no desmayarme. Tenía muchas ganas de que termine el partido e irme pero a su vez quería que siga para gritar un gol más y ganarles a los bahienses. Mi cuerpo me decía “terminalo de una vez”.

Fue entonces cuando decidí que no podía aguantar más. Baje las escaleras, en un momento de lucidez pasé por la ventana de hamburguesas y bebidas, divise un rollo de servilletas de tamaño premium y con la poca dignidad que me quedaba me acerque al hombre que trabajaba ahí, quien se encontraba charlando con algún amigo o hincha. ¿Me puedo llevar papel por favor?”, se me caía la cara de vergüenza. Me dijeron que sí y agarre no un poco sino mucho, muchísimo papel. “Ah bueno parece que a alguien le cayó algo mal”, me reí para ocultar las ganas de salir corriendo. “Queda entre nosotros”, les dije mientras seguía con la misión de tener todo el papel posible. “No te preocupes, no le decimos a nadie”.

Así es como me hice dos grandes amigos, con los que jamás volvería a hablar pero que en ese momento fueron lo único que necesitaba. Y es un poco el espíritu del fútbol y de la cancha, ¿no? hablar con el de al lado, comentar lo que te pasa, abrazarte, llorar y bueno, en mi caso, también pedir ayuda. Con el paso acelerado entré a aquel lugar tan temido, pero la urgencia gastrointestinal le ganó al miedo y con los suministros preparados pude cumplir mi cometido.Le ruego al lector que me disculpe, no me gusta entrar en terrenos escatológicos ya que me parecen desagradables, pero a los efectos de contar mi historia me veo obligada a dar cierto nivel de detalle sobre mi aventura. Entré en el cubículo sumido en tinieblas e inspeccione el estado del asiento. No había posibilidad alguna de que me siente como en mi casa, por más papel que se pueda utilizar para tapar la suciedad. Preferí (muchas mujeres coincidirán conmigo) suspender mis posaderas en el aire, destreza que aprendí desde muy chica junto con mi habilidad de no tardar más de cinco minutos en el baño, admirable por quienes me conocen. Sin embargo esa habilidad me traicionó, el tiempo pasaba y yo no podía salir de ahí. ¿Justo acá tenía que tardar tanto?.

Al fin, cuando pude desprenderme de aquello que me estaba haciendo sentir tan mal, ese mismo instante en el que deje mi recuerdo en el baño calamar (el cual quedaría allí por un tiempo debido al mal funcionamiento de la instalación sanitaria), escuche un grito feroz de festejo. Por un segundo de irracionalidad, causado quizás por el éxtasis de cumplir mi tarea, olvidé que me encontraba en una cancha de fútbol, y sentí que ese vitoreo iba dirigido a mí, que me felicitaba por haber logrado aquella hazaña de tal magnitud. Luego recordé en dónde me encontraba y entendí lo que había ocurrido. Sola, en la oscuridad, aún con mis pantalones bajos, me uní al grito de gol.
Salí. Me sentía como nueva. La desgracia había terminado, ya no estaba pálida ni adolorida. Respiré profundo. Platense ganaba el partido y yo ganaba también. Pase junto a mis nuevos amigos y les di las gracias con una sonrisa. Volví a mi lugar, faltaban unos minutos. Me abracé con mi novio, él sí, de platense desde la cuna. Y ahora yo también soy parte, alentando y juntando muchas anécdotas para contar.

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637 COSAS SOBRE LAS QUE ES ESCRIBIR

Sabrina. Bailarina clásica. Veinticinco años.  Desde chica lo único que anhelaba era ser bailarina, hoy, orgullosa puede decir que lo logró. Sí, después de horas y horas de entrenamiento, presiones y dietas. Después de salidas canceladas, de citas que no se cumplían, de cumpleaños sin festejos. Cualquier persona que se haya dedicado tanto a conseguir un sueño sabe que hay que hacer sacrificios para poder llegar a ellos. El sacrificio que hacía Sabrina era vivir constantemente en una rutina diaria. Se levantaba, desayunaba, se iba a entrenar, tenía clase de baile hasta el mediodía, almorzaba, ensayaba para su show en el cual se ganaba la vida, cenaba y se iba a dormir. Todos los días era lo mismo y si bien ella no podía estar más satisfecha con su vida, algo muy en sus adentros la obligaba a sentir una sensación de vació que no lograba identificar.

 

Sus amigas, a las que poco veía, le demandaban siempre algo de su tiempo y ella, por más que sentía algo de culpa, no daba el brazo a torcer con sus obligaciones. “Estás muy tensa”, “cuando vas a conocer a alguien” “tengo a alguien para presentarte” eran algunas de las frases que solía escuchar con cierta repetición por parte de su grupo. Su padres tampoco se quedaban atrás. Si bien fueron ellos, quienes alentaron a Sabrina a que deje todo por bailar y fueron quienes no la dejaban salir, ni comer algo fuera de la dieta o quedarse en la cama hasta tarde un fin de semana, también comentaban frases como “a ver si me traes un novio… o una novia” “¿no hay nadie interesante en los ensayos?”. Sabrina las escuchaba y las dejaba pasar, por suerte vivía sola.

 

La soledad a Sabrina le gustaba pero ¿a quién iba a mentir? Ella también se encontraba a veces con una voz que le decía ¿qué haces sola un domingo a la noche?. Calmaba esas voces como podía y su vida continuó así por mucho tiempo hasta que un día recibió una noticia que la hizo salir de la rutina. “El elenco fue convocado por la embajada a realizar una presentación en París, todos los gastos pagos por una semana”.

Sabrina sintió que al fin se llenaba ese vacío inexplicable que tenía adentro. Lo primero que pensó cuando escuchó la noticia es que ella siempre había querido conocer París. Lo segundo que pensó es en lo que decía siempre de niña cuando jugaba con su padre “Hola señora, ¿dónde se encuentra su marido?” preguntaba su papá involucrado en su personaje, “Él está trabajando en París” decía la pequeña Sabrina con toda seguridad. Sonrío al recordar el juego y siguió con el ensayo.

 

El día del viaje Sabrina organizó su valija, dejo limpio y ordenado su departamento y se despidió de sus padres. El mejor lunes, por lo menos de su año. Llegó al aeropuerto donde se encontró con los demás compañeros del elenco. Todos estaban muy entusiasmados por el viaje pero también muy nerviosos. No era poca cosa bailar en París. El vuelo sin escalas fue tranquilo, Sabrina pudo dormir varias horas y no hubo turbulencia.

Los alojaron en un hotel cinco estrellas al que Sabrina jamás hubiese podido ir con sus ahorros ni con su sueldo de bailarina. La habitación era el doble de su departamento y era solo para ella. “Que lindo sería tener una vida así” le dijo a su compañera de elenco mientras bajaban a comer algo.

La comida también combinaba con el lujo del hotel. Era libre de elegir lo que quisiese.

 

El viaje se iba a desarrollar de la siguiente manera: tendrían tres presentaciones, miércoles, viernes y domingo. El domingo a la madrugada volvían a Buenos Aires. Los días en los que no bailaban podían salir a recorrer la ciudad. El primer día fueron a ver la torre Eiffel. Imponente, Sabrina no podía dejar de mirarla. Tomaron uno de esos micros que te lleva a recorrer la ciudad con los techos descubiertos. Sabrina hubiese preferido caminar pero el coach les recomendó cuidarse para las presentaciones y no tuvo otra opción.

El miércoles llegó el momento de actuar. Estaba muy nerviosa, pese a bailar desde que tenía memoria, nunca había sentido tantos nervios. Eran unos nervios diferentes, no eran nervios escénicos ni miedo a equivocarse,  era como si estuviese a punto de actuar frente a alguien especial, como si una persona que resaltaba entre las demás había ido a verla específicamente a ella.

 

El show salió a la perfección. El teatro era grande y estaba casi completo. Recibieron una ovación que emocionaba hasta las lágrimas. Se cambiaron y se fueron a festejar a un bar cercano.

“Al fin viniste” escuchó Sabrina y siguió en la charla con sus compañeros. “Sabrina, hola”. En ese momento se dio vuelta. ¿Quién podría haberle dicho eso? Ella no conocía a nadie en París. Cuando se dio vuelta sintió en el estómago el vuelo de ciento ochenta y dos mariposas. Si, eran ciento ochenta y dos. Quien la había saludado era un hombre de su edad creía ella, muy apuesto, alto, morocho de ojos marrón oscuro casi negros. Con barba al ras, vestía unos jeans azules y una remera de Star Wars.

 

“¿Te conozco?” preguntó Sabrina. “¿Cómo me preguntas esto? Soy Brau, Braulio, tú Braulio”. Sabrina se rió, jamás había escuchado ese nombre tan particular y la frase -tú Braulio- la puso un poco incómoda. Lo miró por unos minutos y no dijo nada. “Por favor Sabri, soy tu marido”. En ese momento Sabrina sintió que las ciento ochenta y dos mariposas querían salir de su cuerpo a toda velocidad. Los compañeros que escuchaban atentos se echaron a reír. A Sabrina no le causaba ni un poco de gracia. “Disculpame, pero te equivocaste de persona, yo no estoy casada”. Braulio giró los ojos. “No puedo creerlo, me voy a trabajar a París un tiempo y ya te olvidas de mi”. Sabrina le dijo que no lo conocía y que por favor se vaya de ahí. “¿Como no me conoces? Entonces cómo voy a saber de tu lunar detrás de la oreja, de que te gusta bailar desde que tienes memoria, de que preferis el helado de frambuesa más que el resto y que comés las galletas al revés?”.

 

Sabrina sintió que le bajaba la presión. “Denle Coca Cola, es lo único que la ayuda”. Sabrina se reincorporó y salió del lugar a toda velocidad. Braulio le sonrió a los compañeros de Sabrina y se fue tras ella.

Sabrina caminaba por las calles de París y se sentía extraña en su propio cuerpo. Pasó por una librería y se paró en la vidriera. No quería ver libros, solo quería parar de caminar. Vio un libro -El Circo- que la hizo acordar a su padre, era su libro favorito para leerle a Sabrina antes de dormir. Pensó en su padre por unos segundos. Sintió a las ciento ochenta y dos mariposas de nuevo y recordó: “Hola señora, ¿dónde se encuentra su marido? ” Él está trabajando en París”.

 

“Me estoy volviendo loca” dijo en voz alta. “¿O no?”. ¿Podía ser posible? Su marido de la infancia, su marido del juego estaba ahí. Se quedó parada unos instantes cuando de repente sintió que le tocaban el hombro. Se dio vuelta y vio a Braulio, lo vio hermoso, lo vio y lo quiso. Quiso estar con él, abrazarlo,  no sabía si era la necesidad de estar con alguien o si de verdad estaban unidos por algún tipo de magia negra, o blanca o cualquier tipo de magia. Se miraron por un rato y ella en un impulso lo abrazó. “Volviste Sabri” le dijo al oído. Por un instante quiso irse y alejarse de ese hombre, pero tal vez, fueron las mariposas la que la obligaron a quedarse. Sentía algo por el que nunca había sentido por nadie. Ese sentimiento se hacía cada vez más grande y la lógica y racionalidad cada vez más pequeñas.

 

Por primera vez en su vida, se dejó llevar por algo, no sabemos bien por qué, pero por primera vez en su vida no se sentía parte de una rutina agobiante sino ahora había un sentido. Estaba plena. No iba a dejar escapar ese sentimiento por una simple explicación racional. El día siguiente lo pasaron juntos. Braulio le mostró donde vivía, la invitó a comer y la llevó a recorrer lugares hermosos. Braulio no faltó a ninguna de las actuaciones de Sabrina, siempre estaba ahí en la primera fila. Los compañeros del elenco no entendían nada y Sabrina no les daba ninguna explicación. “Es mi marido” y todos la miraban como si estuviese loca. Nadie se atrevió a decirle nada.

 

Cuando terminaron las funciones, todos en el hotel comenzaron a preparar sus cosas para ir al aeropuerto. Sabrina lo único que hacía era llorar por abandonar a Braulio. No quería volver, no quería estar sin el. “Quedate conmigo” le dijo Braulio una mañana en la que se despertaron juntos. Y esta es la parte donde el lector está esperando una explicación, el final lógico, que ella regrese y todo haya sido un sueño. Pero no. No es una historia de esas. Sabrina decidió quedarse. No quiso sermones, ni lecciones sobre los cuentos de hadas. Que esas lecciones sean para otros. Ella estaba feliz y quería que su vida sea ese cuento.

638 COSAS SOBRE LAS QUE ESCRIBIR

Mientras caminaba por el parque pensaba en esa insoportable discusión que había tenido con esa insoportable compañera del trabajo. No quería verla otra vez pero apenas termine de cruzar el parque, eso sería inevitable. Aceleré el paso y en un segundo sentí como caía en un agujero profundo. Abrí los ojos y muy confundida salí de aquel pozo. Ese pozo insoportable que nunca nadie había arreglado.

Seguí el camino y llegué al trabajo. Cuando entré a la oficina no vi a mi insoportable compañera y me sentí aliviada. Para mi sorpresa tampoco vi a mi insoportable jefe. Sin darle importancia cumplí con mi jornada de trabajo y me fui a la facultad, donde solo había unas pocas personas. Mis insoportables profesores no estaban ni tampoco muchos de los estudiantes. Que raro pensé y ante las ausencias me fui a mi casa.

Al llegar, no había nadie, la comida no estaba lista como todas las noches. ¿Se habrá enojado mi mamá por lo que le dije hoy?. La quise llamar, agarre el celular y mi lista de contactos era de tan solo cuatro personas. Que insoportable este celular que funciona mal.

Me desperté a la mañana siguiente, busqué mi celular por todos lados y no estaba. Tampoco mi mamá. Comencé a desesperarme por la situación.

Me vestí, y salí rápido para el trabajo, capaz ahí me podían decir que es lo que pasaba. Hice el mismo camino de siempre por el parque, con la diferencia de que el pozo, ese insoportable pozo que nunca nadie había arreglado, ya no estaba ahí. Estoy loca pensé. Me acerqué al jardinero y le pregunte por el agujero maldito pero éste me respondió “cuál pozo?”. Confirme mi locura.

No fui al trabajo y me fui directo a lo de mi mejor amiga. Toqué el timbre. Me preguntó si había pasado algo grave. Más que grave le dije, gravísimo. Empecé a hablar sobre que estaba siendo poseída por algún tipo de magia negra o locura del universo, que me estaban haciendo una broma tal vez o que quizás en realidad estaba en coma y todo era un sueño. Por supuesto mi amiga me miró como si estuviese fuera de mi misma.

Le conté que mi mamá no estaba, que mi jefe no estaba, mi compañera del trabajo tampoco, mis profesores, los estudiantes, hasta mi propio celular. Mi amiga solo me hacía preguntas intrascendentes: ¿Estás segura de lo que me estás diciendo? ¿No estarás estresada? ¿Dormiste bien?. Las palabras de mi amiga me entraron por un oído y se fueron por el otro sin permanecer ni un segundo. Que insoportable pensé, no quería que me haga más preguntas, quería que me ayude a descifrar la razón de las súbitas desapariciones.

Fui a buscar un vaso de agua y cuando volví mi amiga no estaba. Me puse a llorar. Desconsoladamente. Ahí es cuando me di cuenta que mi energía ahora se concentró en llorar por personas que hace días venía despreciando.
Es cierto, por meses soñé que mi compañera del trabajo no venga más o que mi jefe desaparezca. Durante días maldije a los estudiantes que con sus preguntas inútiles no me dejaban escuchar las clases. Peleas eternas con mi mamá por cuestiones que no merecían ser traídas a la mesa. Gritos que nadie escuchó a objetos que no estaban cumpliendo la función que deberían. Poca tolerancia a amigos que solo trataban de ayudar. Pero por qué ahora lloraba por eso? ¿Por que ahora necesitaba de ellos y no podía convivir con la idea de que ya no estén?   

Todo me daba vueltas, las piernas me temblaban. Me estaba desmayando. Alcance a agarrar un vaso de agua pero tiré todo directamente sobre mi ropa.
Abrí los ojos. Moví mi cuerpo. Mire. ¿Donde estoy?. Volví en sí. Estoy adentro del pozo. Me levanté, salí del agujero, confundida, mareada. ¿Fue todo un sueño? No. Mi ropa aún estaba mojada. El pozo estaba ahí. Me sonó el celular: mamá. Atendí y le pedí perdón.

640 COSAS SOBRE LAS QUE ESCRIBIR

“Write a story that includes a streetlight, a bear, and a kid with a jar of honey”

Soottie approached the streetlight with the jar of honey gripped tightly in his hands. He had stopped counting the days after the tenth failed attempt or so, but it must had been around a month since he started.

To him, however, it felt like years. Years since the first and only time he saw that scared baby bear coming out of the woods, probably looking for its momma. He wasn´t yet at the age where one puts fear ahead of compassion, so he had tried to reach out for the bear, to save it from whatever dangers it might face alone in the wild.

But the bear was scared by Soottie and so it turned back and ran into the woods and now, a month later, Soottie was still hoping to run into the baby bear again and gain its trust by giving it a whole jar of delicious honey. 

Then he could finally save it from the uncaring woods and, most of all, from its uncaring mother. What kind of mother leaves her child alone in the woods?

 

Por Nico Garcia

642 COSAS SOBRE LAS QUE ESCRIBIR

“Todo el barrio es beige y gris, pero al final de la calle hay una brillante casa azul. Quién vive ahí?”

En la casa azul vive Joan. Joan es pintor. Lo que más disfruta es hacer coloridos paisajes de ciudad. Primero: pinta extensas calles, arboles y autos; luego pinta las casas. Cada una de un color distinto, sin importar la combinación entre ellos. 

El día más triste para Joan fue aquel en el que solo le quedaron tres colores para pintar su cuadro… pinto una casa azul y todo el resto fue gris y beige.